Los
tiempos cambian. Del apacible ciudadano que prefiere la lectura,
la arena y el rumor de las olas, como fórmula de reposo, poco queda.
Hay mucha adrenalina circulando y nada mejor que ocupar el período
estival para dar rienda suelta al animal interior. Mucha acción,
mucha naturaleza. Arriba de motos, bicicletas y una rareza llamada
canyoning. Sólo para superhombres.
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Al
cielo en Moto Se siente bien aquello de la velocidad. El ir
arriba de una moto, haciendo trizas el viento, mientras la aguja
del velocímetro marca los cien kilómetros por hora. A veces
más. Por algunos segundos uno supone ser un dios encaramado
a una Harley Davidson, en alguna carretera norteamericana. Pero
se está en Chile, en las afueras de Osorno, montado en una Honda
Varadero, con el frío que se cuela por las piernas. De aquí
a nuestro destino hay 250 kilómetros - dice Enrique Baum-. La
ruta que hemos trazado implica bordear el Seno de Reloncaví,
pasar por Cochamó, cruzar en balsa por el río Puelo, hasta llegar
al lago Tagua Tagua.
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Baum
es ducho en estas lides. Él va a la cabeza de esta suerte de
fila india que se interna desde Osorno hacia la coerdillera.
Son cuatro motos adentrándose por caminos secundarios, sorteando
algún arroyo, levantando polvo. Baum es uno de los cerebros
de MotoAventura (www.motoaventura.cl), esta empresa que se dedica
a recorrer el sur chileno y la Patagonia argentina en dos ruedas.
Si nos animamos podemos ir hasta Puerto Madryn, que es una reserva
natural argentina. Ahí es posible ver las ballenas a escasa
distancia. Claro que para eso hay que recorrer 2.700 kilómetros
(ida y vuelta) arriba de la moto- explica.
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La
caravana la integran Baum, Alberto Aeschlimann y Peter Hopf,
quienes actúan como guías y, eventualmente, realizan funciones
anexas. Hopf, por ejemplo, es un alemán que hasta hace algunos
meses era capaz de comerse medio animal de una sola sentada.
Era dueño del famoso restorán Peter's Kneipe y se encarga de
la alimentación de la travesía. El asado y el vino queda en
sus manos. Mauricio Herrera, médico cirujano, es otro de los
miembros del equipo y el encargado de los veinte kilos que ha
perdido Hopf. "Le corcheteé el estomago", dice. Pero esa es
otra historia.
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- A los cien kilómetros recorridos, las piernas
se resienten. Rodillas, muslos y pantorrillas sufren el rigor
de una larga abstinencia arriba de la moto. No es fácil. Recorrer
quinientos kilómetros en una Honda Varadero exigen, además, brazos
en forma, músculos útiles. Después de todo, esa bestia de metal
pesa 320 kilos. Pero qué va. Ya se está en la mitad del recorrido
y la renuncia es un artilugio deshonroso. El olor del bosque,
del pan que se amasa en las casas que bordean ríos y lagos, el
particular perfume de las salmoneras, amenizan el viaje. También
los volcanes, Osorno, Puntiagudo y Calbuco, allá al fondo. Una
camioneta de apoyo sigue a la caravana, llevando los alimentos,
las mochilas, las heladeras portátiles.
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Hay
gente que le gusta salir apatotada y otros que son lobos solitarios.
Algunos prefieren llevar la mochila amarrada a la moto, con
los sacos de dormir y la carpa. Que se note que el tipo es aperrado.
Y otros que optan por dejar la moto libre de bultos - cuenta
Sonia Dorachuk, esposa de Baum, gerente de la empresa y conductora
del vehículo de apoyo. La idea es salir con guías. Pero también
hay quienes optan por la travesía en solitario.
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Hace
un par de semanas llegó un inglés que quería recorrer la zona.
Quería ir a la costa y, además, internarse en la cordillera.
Lo acompañamos un día. Estuvimos en Bahía Mansa y Maicolpué.
Pero luego decidió seguir solo, con mochila y carpa. Ayudado
por una ruta que le sugerimos, fue descubriendo nuevos caminos.
Se lo recorrió todo, a razón de quinientos kilómetros diarios.
Una locura - afirma Baum.
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El cruce por el río Puelo es a prueba de valientes. El río parece
capaz de llevarse todo, incluida la pequeña balsa sujeta con
gruesas cuerdas a una polea. Uno se imagina que cascos, motos
y camioneta de apoyo terminarán en algún lugar del océano, dispersos,
como el fruto de un naufragio. Pero nada. El cruce es exitoso
y en pocos minutos se llega al lago Tagua Tagua. La piel quemada
por el sol, las piernas temblorosas y la sensación de haberse
bajado con el asiento de la moto todavía pegado a las nalgas,
dan cuenta del esfuerzo. El hambre también. Hopf saca la parrilla,
tira unos trozos de carne, el vino. La antesala precisa para
el reposo del guerrero. A las diez, anochece. Las motos descansan.
El superhombre también.
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