Cuento mi viaje a Chile en Moto

                                                    Por Gonzalo Aziz

En 1884, el inglés Edward Butler se consagraba ante el mundo al fabricar la primera motocicleta. El invento tardó unos 15 años en masificarse y el siglo naciente encontró a miles de Europeos sobre las "bicicletas a motor". Lo que seguramente Butler no imaginó es que un siglo más tarde, y del otro lado del mundo, un argentino le estaría muy agradecido. Sin ánimo de concretar una hazaña sanmartiniana, pero con la ansiedad de recorrer Chile montado al caballo mecánico, crucé Los Andes una soleada tarde de verano. Dejando atrás el paso internacional Cardenal Samoré llegué a Osorno, donde me esperaban los amigos transandinos de MotoAventura, Sonia y Roberto, expertos en mototurismo.

Para sorpresa mía uno de los guías, el alemán Peter - que también es chef- me dio una bienvenida de exquisitos tacos mexicanos acompañados de guacamole, rajitas a la crema, tinga criolla y salsa de champiñones.

 

La vuelta al Llanquihue

Las nueve de la mañana de un día de sol. Desayunamos bien y Roberto preparó tres motos off-road (600 cc) para salir a la aventura. Vale aclarar que este tipo de rodados combina la fuerza de las cross con el confortable andar de las clásicas rutera, lo que posibilita un dócil uso tanto en el asfalto de las grandes rutas como en el ripio de la montaña. El equipo mecánico lo completaba Sonia, a borde de una camioneta de apoyo 4x4 que hace cola llevando bolsos, botiquín, comidas y demás insumos necesarios.
Emprendimos el viaje previsto: darle la vuelta al Llanquihue. Confieso que mis anteriores experiencias de cruces andinos me habían dejado una fuerte imagen de rigidez de la policía de tránsito chilena, razón por la cual los nervios me comían cada vez que nos cruzábamos con algún carabinero (así se conoce a los policías del lugar). Son muy estrictos con el respeto de las reglas.
Tomamos pues la ruta 34 ( a Puerto Octay) y luego el desvío a Las Cascadas, un centro veraniego para lugareños que se encuentra a 70 km. de Osorno, a orillas del Llanquihue y en las faldas del Volcán Osorno. Allí hicimos una primera parada.
Seguimos bordeando el lago y el camino se tornó de ripio. En unos 20 km. nos encontramos con la subida al volcán. El trecho no es sencillo pero lo afrontamos de todos

 

modos. Hay 14 km en ascenso desde el cruce hasta la base del Osorno. Allí se encuentra el antiguo centro de esquí La Burbuja, actualmente fuera de servicio. Pero lo más impresionante fue seguir "fuera de pista" desde la base por las empinadas laderas del volcán. ES algo que sólo puede hacerse en moto (siempre con guías) o caminando. Daban ganas de quedarse en las inmediaciones del Osorno, pero había que seguir marcha dado que nos esperaban más lugares atractivos. Retomamos a la inversa el camino de subida para volver a la ruta. Desde el cruce continuamos dibujándole la silueta al lago.
A los 15 km. llegamos a Ensenada y abandonamos momentáneamente el Llanquihue para visitar otro espejo de agua, el lago de Todos Los Santos. de ahí parten excursiones lacustres al parque Nacional Pérez Rosales y hasta se puede cruzar por el paso homónimo a Bariloche, recorriendo el área del imponente Cerro Tronador.
El Todos los Santos ve nacer el río Petrohué, en cuyo curso superior las sucesivas corrientes de lava que bajaron del volcán Osorno provocaron siete saltos de agua impresionantes. Acá nos agarró el mediodía.

 

 

Hora de parar la moto y almorzar unos sandwiches de jamón y queso con frescos jugos de frutas.
Listos nuevamente volvimos al lago Llanquihue y de ahí a Puerto Varas, una de sus bellezas costeras que bien merece una parada. La ruta está repleta de pequeñas capillas que datan de la colonización alemana de principios de siglo XX. Puerto Varas se encuentra en la ribera sur oeste del lago y mira de frente a los volcanes Osorno y Calbuco. Es una pequeña pero dinámica ciudad, de atractiva arquitectura y con buena infraestructura turística.
Seguimos entonces y nos desviamos por la ruta 5 hasta Puerto Montt, considerada por muchos la capital de la Región de los Lagos. Su hiperactividad portuaria, sus ferias callejeras, la gran aglomeración humana, más su aspecto de urbe marítima que se extiende a los cerros (las laderas circundantes están tapizadas de coloridos barrios de casas de madera, tan típicas del sur chileno), le dan a Puerto Montt un encanto muy particular.
Desandamos camino para regresar al Llanquihue y arrimarnos a uno de los paraísos chilenos, Frutillar. Miles de fotos de Alemania se vinieron a mi mente mientras atravesaba el pueblo, minúsculo y

perfecto en su diseño de casas noreuropeas y jardines. Manejaba por esa zona como en una especie de sueño en el que una moto surca jardines. Un lugar inolvidable. ¿Qué mejor, entonces, que parar a tomar el té aquí?
La tarde fue cayendo y decidimos emprender el regreso a Osorno con escala en Puerto Octay, pintoresco enclave de la orilla norte del Llanquihue. Sus habitantes, al igual que en toda la región, son en mayoría descendientes de alemanes. El paso por Octay fue rápido dado que se nos venía encima la noche. Por suerte las rutas chilenas están en excelente estado, así que en media hora (45 km) ya estábamos de vuelta en Osorno. Fin de la primera jornada.

 

Rumbo al Pacífico
Empezamos el día con buen clima, detalle esencial para disfrutar de la moto. El plan de ruta nos llevó hacia el noreste, con destino a la antigua Valdivia, fundada en 1552.
Roberto verificó el estado - excelente - de las motos y se preparó para guiarnos. Tomamos la Panamericana, que divide el país en dos, de norte a sur, hasta Puerto Montt (el trazado de ruta que se reinicia en Chaitén y sigue hasta Villa O'Higgins, es la Carretera Austral ). Hay que manejar

 

Al Paso Puyehue, por  la ruta 215. Enfrente, el río Petrohué;
parada en el Lago de
Todos los Santos; Osorno, la ciudad;
camino al volcán Osorno.

 

 

 

con prudencia debido a la gran cantidad de autos que circula por esta carretera. Después de unos 50 km. viramos a la izquierda por la R49; en sus banquinas, antes de llegar a Valdivia, aún se ven secuelas de la terrible inundación que sufriera la ciudad en junio de 1960.
El sol del mediodía nos vio entrar al pueblo, cuyo diseño urbano sigue las curvas del río Calle-Calle y se adapta a la irregular topografía del terreno, una constante en la región. La arquitectura es un muestrario de sus orígenes en los fuertes que levantaran los conquistadores,  y del aporte - muy posterior- de los colonos alemanes. Hicimos una parada para almorzar en un fast food, y después caminamos un rato por la Plaza de Armas, un clásico de todos - absolutamente todos - los poblados de una región con fuerte pasado histórico.
Volvimos de inmediato a las máquinas y cruzamos entonces el Calle-Calle para

 

ingresar a la Isla La Teja. Allí se encuentra el Parque Saval, sede de la Universidad Austral: hermoso lugar de recreo cuya laguna está totalmente tapizada con flores de loto, acá llamadas rosas de agua. La tentación de parar fue muy grande y no la reprimimos: seguimos la charla del almuerzo a la sombra de un árbol y con los refrescos de Sonia (en la camioneta lleva una heladerita de viaje que alberga el jugo para cada parada). Al rato reemprendimos la marcha para irnos hacia el este por la R15. Así llegamos al océano Pacífico, más exactamente a las playas de Niebla, un espectacular balneario en donde paramos las motos en la cima de un acantilado para contemplar un horizonte infinito.
Como ya era la hora del té de las 5, regresamos a Valdivia - por respeto al inglés Edward Butler - y disfrutamos la tarde devorando exquisitas tortas regionales. No me pregunten por qué, pero una de las conclusiones a las que  llegué en este viaje es que andar en moto abre el apetito. Al menos de lo que me pasó a mi.
Antes de la caída del sol emprendimos el regreso a Osorno, haciendo el camino a la inversa. En una hora ya estábamos de vuelta y dándonos una ducha reparadora.

 

Antes de comer, dimos una vuelta nocturna por el pueblo, en moto por supuesto. Osorno es un núcleo urbano importante en el sur chileno, tranquilo pero muy dinámico. Cuenta con un población cercana a los 100 mil habitantes (como referencia vale decir que Bariloche tiene 120 mil), incrementada por el turismo. Dada su ubicación, es centro de distribución turística de la Patagonia chilena, como bien lo demuestra el constante movimiento de gente. Su Plaza de Armas me encantó; ahí paré la moto y decidí caminar para mezclarme con la gente e intercambiar opiniones, uno de los aspectos fantásticos de un viaje.
La recorrida urbana duró apenas una hora. Lo que siguió es un clásico de MotoAventura: la cena que Sonia y Roberto ofrecen en su hogar una de las noches del viaje. El dueño de casa se lució con un exquisito asado. ¡Si, asado!

PUYEHUE: montañas y termas
Como broche quedaba la última travesía. En este caso correspondía dirigirnos en dirección a la Cordillera para visitar el Parque Nacional Puyehue, bien conocido por el lago homónimo y por sus aguas termales.

 

El sol se tomó descanso y nos dejó un cielo completamente cubierto y amenazante de lluvias. Pero no importa ya que había que hacer 70 km - ida - de buen asfalto por la ruta internacional 215 que va desde Osorno hacia Argentina. En menos de una hora ya estábamos en Puyehue.
Apenas llegamos fuimos directo a las termas que, pegadas al río Chaleufú, relajaron nuestros músculos tensos después de rutear. Hay dos centros termales: uno pertenece al Hotel Puyehue y otro - Aguas Calientes - es público. Los dos están muy bien. Ya en el agua, sólo hay que disfrutar del calor y la vista del paisaje circundate; pero sin pasarse: 15 minutos es el máximo de tiempo de permanencia en el agua por la baja de presión que produce. Felizmente relajados, fuimos a comer algo rápido antes de iniciar la subida al centro de esquí Antillanca. La lluvia estaba cada vez más cerca, por lo que apuramos el almuerzo.
La subida a Antillanca son 14 km de puro ripio, cruzando algunos arroyos y bordeando las verdes lagunas. El Encanto y El Toro y el lago Espejo. El camino es angosto - hay que circular con mucha precaución - y tupidamente arbolado, tanto que me sentía transitar por un tubo verde increíble, para concluir en un bello complejo color café situado al pie de una montaña.

 

 

 

 

 

Llegamos nomás con todas las ganas de continuar camino al volcán, pero la densa neblina obligó al guardaparque a cerrar el sendero. Así que estacionamos las motos y tomamos un café en el Complejo Antillanca: hotel y restaurante más un centro de esquí. Pero no hubo mucho tiempo para el descanso; la lluvia estaba al caer y emprendimos la bajada a Puyehue y, sin parar un segundo, tomamos de regreso la R215 rumbo a Osorno.
Por fin llegamos, antes del anochecer. Había terminado la aventura en la Patagonia chilena, un lugar en el mundo cuya belleza se potencia desde una buena moto. Me derrumbé sobre la cama, y mirando la ventana vi como empezaban a caer las primeras gotas de un cielo que, generosamente, nos había dejado disfrutar sin agua de la jornada. Y así me dormí.

Iglesia de Puerto Varas;
Gonzalo frente al Llanquihue;
Puerto Varas; puestos callejeros
en Puerto Montt; típicas casas
del sur chileno; Puerto Octay;
a metros del volcán Osorno; la playa del lago de Todos los Santos

 

DATOS UTILES

 

Indicativo telefónico:
(00 56-64)

MotoAventura Chile se encarga de organizar el viaje completo. Sólo hau que ponerse en manos de Sonia y Roberto: Casilla 1336, Osorno. Tel: 249121/23. E-mail: roberto@motoaventura.cl . En la Web: www.motoaventura.cl

Como llegar:
Andesmar viaja todos los días de Buenos Aires a Osorno; son autobuses muy confortables, con servicio de comida a bordo. Consultas y reservas, a través de la página Web: www.andesmar.com.ar

 

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